del COLECTIVO EURONOMADE.

 

Hemos optado por esperar más de una semana antes de hacer algunas consideraciones sobre las jornadas de Hamburgo contra el G-20, por algunas razones sustanciales. En primer lugar, porque hemos preferido dejar que se disuelvan las nieblas mediáticas que, en Italia y aún más en Alemania, han envuelto el evento condicionando a veces el propio relato de quienes estaban allí.

En segundo lugar, porque, a diferencia de algunos que ahora sentencian verdades absolutas después de haber ignorado o deliberadamente rechazado durante meses la movilización, hemos participado activamente en el proceso colectivo constructor de esas jornadas, desde su inicio, siguiendo el debate alemán y esforzándonos para conseguir una “transnacionalización” del itinerario. Y para ello hemos prefido que nuestras propias impresiones inmediatas se sedimenten en una reflexión más sólida, aunque provisional y abierta.

Por último, pero no menos importante, porque habíamos sentido y seguimos sintiendo que lo más urgente después de la jornada de Hamburgo es la liberación de todas las personas arrestadas -cuarenta de ellas aún están detenidas-, dedicando nuestras limitadas fuerzas esencialmente a esto, y evitando que, como lamentablemente ocurre a menudo, la limitación al hecho represivo condicionase al mismo tiempo la maduración del juicio político sobre las jornadas. Y este juicio tiene que ser necesariamente articulado y global, partiendo del reconocimiento de la ausencia, hasta ahora, de un análisis adecuado del significado del a cumbre del G-20 y de sus resultados en el contexto actual de crisis de la gobernanza planetaria.

La cumbre, de hecho, ha tenido el mérito de darnos una fotografía instantánea de nuestro tiempo, al que sintéticamente podríamos deficir como el tiempo del “desorden global”, casi diez años después del inicio de la gran crisis financiera y económica.

En esta ocasión se han yuxtapuesto visualmente diferentes opciones políticas de respuesta a la crisis. Las cumbres del G7 (o del G8 desde la inclusión de Rusia) en la “edad de oro” de la globalización se caracterizaron por tener la ambición de establecer un ‘nuevo orden mundial’ bajo guía estadounidense, en un intento de ofrecer un marco político de gobierno para la figura histórica que hemos definido como “Imperio”. Esa pretensión se sostenía entonces sobre la optimista promesa de un mayor bienestar para todos, capaz de acompañar y combinar armoniosamente el desarrollo de las nuevas máquinas productivas y los nuevos mercados “emergentes” en el marco de una reorganización integral y general de la división del trabajo a escala global.

Hoy en día, el descalabro del modelo neoliberal es evidente, constatable a partir del fenómeno general de empobrecimiento que en el último decenio ha marcado las condiciones de vida de una gran mayoría de la población, en el Sur y en el Norte; y este fracaso ha sido especialmente relevante en lo que se refiere a las “terceras vías” a lo Clinton, Blair o el Olivo en Italia, que acompañaron esta fase de los procesos de globalización. A esto han llevado, para empezar, algunas de las características específicas de la relación de capital, cuya afirmación ha precedido y determinado el inicio de la crisis: la omnipresencia de la forma financiera, el uso unidireccional de las nuevas tecnologías digitales, la profundidad del carácter “extractivo” del modo de producción capitalista a escala global, con la consiguiente concentración y polarización de la riqueza a niveles nunca antes vistos. Pero, al mismo tiempo, a este sistema le cuesta encontrar una forma estable de “gobernanza global”. La crisis parece ser la figura permanente de una transición abierta, que genera tensiones crecientes en todos los niveles: en el económico, con el choque entre potencias mundiales en declive y potencias regionales en ascenso; en el político con la definición de los respectivos papeles y esferas de influencia; e incluso en el militar, allá donde los conflictos ya no son gestionados desde una fuerte polaridad.

El G20 nació en 1999 con un encuentro entre ministros de finanzas y gobernadores de bancos centrales, no siendo casualidad que fuera poco después de la primera crisis de los mercados asiáticos. La propia forma del G20 no deriva de una simple expanción “cuantitativa” del G7 o del G8, sino que surge como intento de incluir “cualitativamente” a los países emergentes en una responsabilidad compartida sobre la estabilización de la economía mundial, especialmente para la identificación de los dispositivos sistémicos capaces de absorber los shocks financieros.

En esta clave, la cumbre de Hamburgo ha sabido exhibir un verdadero “desfile de monstruos”. Es decir, el blindadísimo desfile de aquellas figuras que están combinando un retorno a un nacionalismo político, que mezcla proteccionismo económico y dispositivos autoritarios de gobierno, con el mantenimiento de los pilares fundamentales del modelo liberal; figuras que ciertamente son diferentes entre sí pero que comparten el intento de capitalizar en términos de consenso el difundido malestar social producido por la crisis.

A los heterógeneos Trump y Putin, Erdogan y Temer, Modi y Macri, por no hablar de los petromonarcas sauditas, se han contrapuesto, también en diversas variantes, desde Merkel a Macron, desde Xi Jinping a Trudeau, e incluso algunos personajes de países más marginales, como Italia, esto es, aquellos que están intentando relanzar un diseño de estabilización capaz de confirmar en su forma habitual el negocio de la acumulación capitalista, aunque gobernada por medio del ejercicio de un multipolar poder planetario”blando”. Pero también ellos están empeñados en no cuestionar ninguno de los determinantes neoliberistas de los últimos decenios. En ese sentido, el documento de conclusiones de la cumbre es una obra maestra de equilibrismo y un reconocimiento de la imposibilidad de identificar, en las condiciones actuales, una fórmula unificadora de las diversas élites y de los diferentes intereses capitalistas a escala mundial.

Sin embargo, unos y otros tienen igualmente claro que los procesos de globalización productiva y económica no son reversibles y que una de las fortalezas, y al mismo tiempo una de las debilidades, del actual capitalismo reside precisamente en su capacidad para utilizar todos los elementos de heterogeneidad social, cultural y territorial como otros tantos factores de división, de explotación y de valorización diferencial, en un contexto atravesado por flujos financieros que, por otro lado, son desmaterializados y desterritorializados.

La gestión de la ciudad de Hamburgo, al modo de “estado de excepción”, por medio de un dispositivo policial sobredimensionado y de la suspensión temporal y espacial de los derechos constitucionales, se proponía asegurar que esta la confrontación y el encuentro se resolviesen dentro de los silenciosos espacios feriales de la Hamburg Messe. Y también tenía como objetivo que el encuentro de los principales actores institucionales del “desorden global” proyectase hacia el exterior una imagen de equilibrio y paz, incluyendo su uso y consumo interno tanto de cara a la renovación del Parlamento Federal alemán el próximo 24 de septiembre y la campaña electoral de una Merkel empeñada, sobre todo tras la elección de Trump, en afirmar para ella un papel de guía en la defensa e implementación de los valores del “ordoliberalismo moderado” a escala mundial, como de cara a las ambiciones políticas del alcalde de la ciudad hanseática, Olaf Scholz, dispuesto a proponerse como líder de una exangüe socialdemocracia una vez que se produzca la probable explosición de la “pomba de jabón” Martin Schulz.

Las cosas, según nos cuentan crónicas que todos conocemos1, han ido de forma muy diferente. Pero, llegados a este punto, es importante subrayar que estas jornadas de julio en Hamburgo se han parecido muy poco a una repetición del guión bien conocido de las “contracumbres” del ciclo del movimiento “antiglobalización” o a un replanteamiento de las modalidades y formas características del ciclo de movimientos de las “plazas” y de las luchas contra las políticas de austeridad, en el sur de Europa en particular. Sin ánimo exhaustivo u omniexplicativo, queremos señalar algunas de las características innovadoras de esta experiencia.

En primer lugar, la articulación de la protesta. Cada jornada, cada acción, cada momento singular, pierde su sentido si es aislada y diseccionada analíticamente. La potencia que se ha expresado en las calles de Hamburgo lo ha hecho como composición de formas muy diferentes y del protagonismo de diferentes actores políticos y sociales: los diferentes momentos de expresión del movimiento sólo se hacen significativos si se asumen como un todo, como una concatenación cuya fuerza radica en la sucesión, en la recombinación y en el ensamblaje de los eventos singulares. Es necesario ser muy claros y decir que estas jornadas no han sido el resultado de una única estrategia subjetiva, discutida y decidida de antemano por una única coalición de fuerzas sociales y políticas organizadas. Alrededor de cada una de las iniciativas que han marcado la temporalidad de la movilización se han construido en los meses precedentes específicas plataformas con objetivo propio, alianzas temporales que han definido un consenso sobre el contenido y las prácticas vinculadas a cada evento singular. Estas plataformas se han constituido con geometrías variables, a través de una ubicación flexible de las propias fuerzas organizadas. Y, a diferencia de lo que ocurrió en anteriores ocasiones similares, todos hemos sido capaces de respetar el perímetro de comportamiento trazado para cada una de las iniciativas. El carácter unitario de la protesta ha surgido a posteriori y constituye un hecho político esencial.

En segundo lugar hay que señalar el papel jugado por la ciudad. Sin duda, ha influido la historia específica de Hamburgo y de sus barrios, especialmente de aquellos que, como Sankt Pauli, Karolinenviertel y Sternschanze, rodean los pabellones de la Feria sede de la cumbre: hay una acumulación estratificada de luchas, las de los estibadores en el siglo pasado y las luchas por la vivienda en los años ochenta y noventa, un tejido consolidado de cooperación y de iniciativas alternativas y solidarias, luchas actuales contra la especulación inmobiliaria y contra los procesos de “gentrificación”, iniciativas difusas de solidaridad y acogida de y con los migrantes. Ciertamente, todo esto ha determinado el clima de rechazo generalizado al uso del espacio urbano por parte de los “poderosos de la Tierra” y a un dispositivo de militarización que se ha visto forzado a asumir las características de una ocupación del territorio por una potencia militar extranjera.

Pero hay algo más. Siguiendo una lógica de imitación, en la fase “antiglobalización” de principios del siglo XXI tanto los organizadores de las cumbres como los movimientos que se les oponían tomaban las ciudades, en el fondo, como el “escenario” sobre el que representar un choque que tenía en otro lugar su origen y su razón de ser. Hoy las cosas han cambiado: la propia ciudad se ha convertido en protagonista absoluta de las jornadas contra el G-20, por el valor productivo y social que ha asumido y porque, consecuentemente, es el espacio por excelencia de los conflictos contemporáneos. La contienda en torno al control del espacio metropolitano ha saltado a primer plano como desafío inherente al propio conflicto.

En tercer lugar, el excedente social. Si lo que sucedió en Hamburgo se hubiera limitado a la iniciativa de las fuerzas organizadas (todas, desde sindicatos y partidos hasta grupos “insurgentes”), el resultado no habría sido la flexible explosión del rechazo al G20 ni la sustancial ingobernabilidad del contexto urbano durante largos cinco días. Atención, no estamos haciendo ninguna exaltación acrítica de una supuesta “espontaneidad de las masas”. Si la rica articulación de las iniciativas organizadas que acabamos de mencionar no hubiera funcionado como factor fundamental en la construcción de un contexto favorable, es decir, de la verdadera y propia infraestructura política de estos días (una acusación, en el fondo no errónea, hecha por los políticos y por la prensa más reaccionarias contra las componentes de la movilización más institucionales, como el partido Die Linke, o más moderadas, como la red Attac), la multiforme composición social de los jóvenes y jovencísmos que han tomado literalmente las calles de Hamburgo, con la fuerza de sus características nómadas, mestizas, metropolitanas, difícilmente podría haber encontrado el espacio y la oportunidad de expresarse.

Estamos hablando de decenas de miles de personas, residentes en los barrios o llegadas de toda Europa desde fuera de las redes organizadas (todas), siendo a menudo su primera experiencia de movilización transnacional, agrupadas en pequeños grupos de afinidad, abiertas a la invención, momento a momento, de las formas más apropiadas para ocupar el tejido metropolitano, disputárselo al dispositivo policial o chocar con éste. Y tambien encontramos en estos comportamientos sociales, claro está, la articulación rica y variada de la que hemos hablado: no todo el mundo ha hecho todo. Y no han faltado “borrones” y contradicciones, que se han discutido y que se seguirán discutiendo durante bastante tiempo.

Sin embargo, una vez asumidas estas tres coordenadas, podemos intentar reconocer algunos elementos homogéneos. Sobre todo uno: la capacidad de derrotar la producción de miedo por el gobierno y los medios de comunicación.

Está bastante claro que el primer objetivo del “estado de emergencia” temporal que querían imponer durante la Cumbre en la segunda ciudad de Alemania fue precisamente el de reducir la protesta a un corolario marginal, en el marco de la representación posdemocrática de la disidencia tolerable y tolerada. Trazar la frontera entre lo que es excusable y lo que no lo es, ése es el efecto perseguido por la construcción del “terror soberano”, al que se alude, con el que se amenaza, del que se hace ostentación. Decenas de miles de personas, se ha calculado que un cuarto de millón, se han sustraído a este mecanismo en formas diversas y activamente articuladas.Y han tenido la capacidad de transtornarle rompiendo la disciplina y el control sobre el espacio urbano, con el bloqueo de los flujos lineales de comunicación, movilidad y producción (que son la misma cosa) dentro de este espacio, con la reapropiación generalizada y participativa de ese mismo espacio. Si tuviéramos que reconstruir a posteriori una implícita estrategia social de las multitudes en acción en las calles de Hamburgo, deberíamos reconocer en ella un experimento práctico de huelga social metropolitana, en múltiples modalidades y y más allá de cualquier formulación abstracta.

Y, por último, si fuéramos capaces de captar y reensamblar en cada uno de los acontecimientos de estos días los elementos singulares que le caracterizan, quizá pudiéramos distinguir la potencia recompositiva prefigurada en su potencial confluencia. De hecho, encontraríamos allí el signo de las diversas oleadas globales que se han sucedido en los últimos meses, protagonizadas por las mujeres y la fuerza del “ni una menos”, los migrantes y la solidaridad de las iniciativas de bienvenida Welcome, las diferentes figuras y las innovadoras formas de huelga del trabajo explotado por las plataformas logísticas y extractiva,s las numerosas luchas locales que se oponen a los planes devastadores del ecosistema, las experiencias de conflicto por el derecho a la ciudad que a veces han dado lugar a gobiernos municipales de cambio.

Todo esto es también un efecto del ciclo de luchas contra las políticas de austeridad, el empobrecimiento y la precarización, que han contribuido -como en la experiencia de Blockupy en Frankfurt- a diseñar en los últimos años un nuevo espacio social y político de la “Europa desde abajo”. Pero ese ciclo ha concluido; volveremos a ello más detalladamente en las próximas semanas. El actual intento de reestabilización neoliberal y conservadora, que se está desplegando desde las elecciones presidenciales francesas hasta las próximas elecciones parlamentarias alemanas, impone que las demandas de justicia social y de libertad, y también de necesaria ruptura constituyente para nuestro continente, busquen identificar nuevas y más adecuadas formas de expresión y de organización. Las jornadas de Hamburgo, en ese aspecto, nos ofrecen, por el momento, la sugerencia de una posible reconexión entre Europa y la escala geopolítica mundial, en crisis de gobernanza, como tema y terreno renovado de la lucha de clases hoy.

En este sentido, sería muy prematuro sacar la conclusión de que las jornadas de Hamburgo habrían sido una excepción, no reproducible fuera de su contexto local, un singular evento efímero, un hecho aislado, una aislada “llama” del conflicto, o la de que, por el contrario, estamos ante los primeros síntomas de un nuevo ciclo global de luchas y de alternativas constituyentes2. Sólo los próximos meses nos dirán si la confluencia de estas diferentes oleadas sociales podrá transformarse en la marejada política de una “tercera opción” de cambio y liberación.

22 de de julio de 2017

Traduccion de Trasversales

 

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  1. Podemos citar las crónicas publicadas en Il Manifesto los días 5, 7, 8 y 9 de julio y las comunicaciones y entrevistas en directo que puede escucharse en Radio Onda d’Urto

  2. Se ha abierto un debate que seguiremos con atención. Por el momento, señalamos las primeras contribuciones de Interventionistische Linke, UmsGanze!, DinamoPress y el Centro Social TPO de Bolonia.